Abelardo de la Espriella: trayectoria, contradicciones y propuestas 2026

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Trayectoria, contradicciones y propuestas de Abelardo de la Espriella, candidato presidencial 2026 en Colombia.

Elecciones Colombia 2026 · Perfil y trayectoria

Abelardo de la Espriella: el abogado que se volvió candidato, su trayectoria y la pregunta sobre su coherencia

Antes de ser uno de los punteros en las encuestas para la Presidencia de Colombia en 2026, Abelardo de la Espriella fue, durante dos décadas, el abogado que defendió a algunos de los personajes más cuestionados del país. Repasamos su trayectoria pública, los contrastes entre su discurso actual y su historial profesional, y lo que distintos sectores anticipan de un eventual gobierno suyo.

Quién es y de dónde viene

Abelardo Gabriel de la Espriella Otero nació en Bogotá el 31 de julio de 1978, aunque sus padres se mudaron a Montería cuando él tenía apenas dos años, por lo que su identidad costeña terminó siendo un eje central de su personalidad pública y de su campaña. Estudió Derecho en la Universidad Sergio Arboleda, se especializó en Ciencias Penales y Criminológicas en el Externado, cursó Derecho Administrativo en el Rosario y obtuvo un máster en la Universidad de Nebrija. Su firma, De La Espriella Lawyers, la fundó en 2002 con un capital inicial mínimo y hoy acumula activos por más de 39.000 millones de pesos.

Lo que lo hizo conocido, sin embargo, no fue la academia sino los estrados judiciales y, después, las cámaras. Se formó como abogado penalista y construyó su carrera en el sector privado representando a clientes de alto perfil, lo que le dio una visibilidad mediática inusual para un litigante colombiano.

En resumen:
  • Es abogado penalista, empresario, escritor y cantante de ópera; ahora candidato presidencial por el movimiento Defensores de la Patria.
  • Construyó su marca personal defendiendo a figuras señaladas de corrupción, parapolítica y lavado de activos.
  • Hoy se presenta como un outsider de mano dura contra la corrupción y la izquierda, lo que genera la pregunta central de este análisis: ¿es coherente ese giro?
  • Tiene apoyo creciente en encuestas, pero también señalamientos internacionales recientes por sus vínculos pasados.

Lo bueno: lo que destacan quienes lo respaldan

Hay episodios concretos en su carrera que incluso sus críticos reconocen. Impulsó desde la defensa jurídica la Ley Rosa Elvira Cely, que tipificó el feminicidio como delito autónomo en Colombia, y logró una condena de casi 22 años contra el hombre que atacó con ácido a Natalia Ponce de León. Su firma también representó a comunidades indígenas afectadas por la contaminación de Cerro Matoso y a un capitán del Esmad en el caso de la muerte de Dilan Cruz, casos que muestran un espectro de clientes mucho más amplio que el de su faceta más polémica.

En el terreno político, sus seguidores destacan su capacidad de comunicación: discurso directo, sin eufemismos, y una habilidad mediática poco común entre los candidatos tradicionales. Su principal fortaleza, según el análisis de su perfil electoral, es el carisma, el manejo de medios y la claridad en el discurso de seguridad. Esa claridad —le guste o no a sus opositores— es uno de los factores que explican su ascenso rápido en las encuestas frente a una clase política que muchos colombianos perciben como gris o evasiva.

Lo cuestionable: el historial que lo persigue

El mismo prontuario profesional que construyó su fortuna y su visibilidad es hoy su mayor vulnerabilidad política. Una revisión periodística de sus clientes desde 2006 documenta que defendió a excongresistas condenados por parapolítica como Dieb Maloof, Rocío Arias y Eleonora Pineda, a los primos Nule por el carrusel de la contratación en Bogotá, y a su amigo personal Jorge Pretelt, exmagistrado condenado por corrupción. También defendió a Jorge Visbal Martelo, expresidente de Fedegán condenado por vínculos con paramilitares, y al fundador de la captadora ilegal DMG, David Murcia Guzmán, quien públicamente lo acusó de cobrarle una millonaria suma y quedarse con dinero destinado, según él, a sobornar congresistas.

El capítulo más citado por sus críticos es su relación con Alex Saab. Entre 2013 y 2019 fue su abogado, en una época en que su firma reportó ingresos que triplicaron los históricos; hoy Saab forma parte del entorno del gobierno de Nicolás Maduro. A esto se suma su historial con las extintas AUC: durante años fue defensor y vocero público de líderes paramilitares, una organización designada por Estados Unidos como grupo terrorista desde 2001, y según una carta firmada por once congresistas demócratas estadounidenses, fundó y dirigió una organización financiada por las AUC, presionó para bloquear extradiciones de jefes paramilitares y abogó por amnistías para sus crímenes. La misma misiva señala presuntas transacciones inmobiliarias en Florida con posible financiación de Saab.

A todo esto se suma una frase que circuló ampliamente: en entrevistas pasadas llegó a decir que había que «destripar» a la izquierda, una declaración que sus críticos usan como evidencia de un estilo confrontacional que, dicen, no encaja con el perfil institucional que exige la Presidencia.

¿Es coherente? Lo que dice su trayectoria frente a su discurso actual

La pregunta de fondo no es si De la Espriella cambió de bando —eso, en política, ocurre con frecuencia— sino si el cambio es genuino o estratégico. Aquí conviene separar dos planos: el discursivo y el de los hechos verificables.

En el plano discursivo hay una transformación notable: pasó de ser el abogado que defendía a señalados de corrupción y parapolítica a presentarse como el candidato de «mano dura contra la corrupción y el crimen». Sus propios detractores señalan que su pasado como abogado de Alex Saab es el punto que más se usa para cuestionar la coherencia de su discurso anti-izquierdista actual, dado que Saab terminó vinculado al chavismo que De la Espriella ahora dice combatir con más fuerza que nadie.

Su respuesta pública a esta tensión —y la de su equipo de campaña— ha sido apelar al principio jurídico de que todo acusado tiene derecho a defensa, y que ejercer esa defensa no equivale a compartir la causa del cliente. Es un argumento jurídicamente válido y común entre abogados penalistas que después hacen carrera política en muchos países. La duda que plantean sus críticos no es si tenía derecho a defenderlos, sino si el patrón sostenido de cercanía —desde la mediación en Ralito, pasando por la vocería pública de jefes paramilitares, hasta las visitas a Mancuso en prisión sin cobro— corresponde solo a un ejercicio profesional o refleja una afinidad ideológica de fondo que ahora intenta capitalizar electoralmente desde el lado opuesto del espectro.

En el plano de los hechos hay más continuidad de lo que su narrativa de outsider sugiere: aunque se presenta como ajeno al sistema político tradicional, su campaña está integrada por políticos de partidos tradicionales como Cambio Radical y el liberalismo, además del respaldo unilateral de un partido evangélico. Esa contradicción —discurso antisistema con maquinaria de partidos tradicionales— es otro punto que sus críticos usan para cuestionar qué tan «outsider» es realmente.

Dimensión Lo que sostienen sus seguidores Lo que sostienen sus críticos
Defensa de figuras cuestionadas Es el ejercicio legítimo de la profesión: todo acusado merece defensa El patrón sostenido de clientes revela afinidad, no solo oficio
Vínculo histórico con las AUC Fue mediador civil en un proceso de paz respaldado por el Estado Fue vocero activo y financiado por la organización, no solo mediador
Discurso «outsider» Representa el hartazgo ciudadano con la clase política tradicional Su campaña depende de maquinarias de partidos tradicionales
Estilo confrontacional Es franqueza y determinación frente a la inseguridad Es retórica agresiva que polariza y genera temor institucional
La pregunta no es si De la Espriella cambió de discurso, sino si ese cambio refleja una convicción nueva o una estrategia para capitalizar el descontento con la clase política tradicional.

Cómo podría ser un eventual gobierno suyo

Sobre esto no hay certezas —ningún análisis serio puede predecir con precisión el comportamiento de un gobierno que aún no existe— pero sí hay señales claras en sus propuestas de campaña que permiten anticipar tendencias.

Entre sus posiciones de campaña están terminar los procesos de paz vigentes con grupos armados, legalizar el porte de armas para civiles, eliminar ministerios, sacar a Colombia de organismos como la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la ONU, y recomponer las relaciones con Israel, rotas durante el gobierno de Petro. Es un programa de mano dura en seguridad, reducción del aparato estatal y reorientación de la política exterior hacia alianzas más cercanas a Washington.

Para suplir su falta de trayectoria en cargos de elección popular y de experiencia administrativa, eligió como fórmula vicepresidencial al exministro de Hacienda José Manuel Restrepo, una figura técnica con respaldo en los mercados financieros y la academia. Esa combinación —discurso pasional de mano dura más solvencia técnica en lo fiscal— es, según analistas, un intento deliberado de tranquilizar a los sectores empresariales y moderados que podrían inquietarse con su retórica.

El riesgo que señalan sus críticos es que un eventual gobierno suyo podría profundizar la polarización del país, dado su historial de confrontación directa con la prensa y los opositores. El argumento de sus simpatizantes es el inverso: que la firmeza y la claridad —incluso si incomodan— son precisamente lo que el electorado está pidiendo después de años de discursos ambiguos. Entre ambas lecturas, lo verificable es que su gobierno, de llegar a la Casa de Nariño, heredaría además un frente de escrutinio internacional ya abierto: legisladores estadounidenses han pedido formalmente que su propio gobierno investigue los nexos pasados del candidato, en medio del respaldo público que figuras como Donald Trump le han expresado.

Lo que dicen los analistas políticos

Los medios que han hecho perfiles más extensos de su figura coinciden en un punto: convirtió la defensa judicial y mediática de personajes cuestionados, la estética del lujo y la cercanía con poderes incómodos en una marca personal, y ahora trasladó esa misma marca a la política. Esa lectura no es ni una condena ni un elogio: es una descripción de cómo construyó su capital político, y ayuda a entender por qué genera reacciones tan extremas en ambos sentidos —fervor en quienes ven en él decisión y autenticidad, y alarma en quienes ven en su historial una hipoteca difícil de pagar desde el primer día de gobierno.

Conclusión

Abelardo de la Espriella no es un personaje fácil de leer en blanco y negro. Tiene logros jurídicos concretos y reconocidos incluso por sectores críticos, una capacidad comunicativa fuera de lo común y un discurso que conecta con el hartazgo de buena parte del electorado. Pero también tiene un historial profesional extenso y bien documentado de cercanía con personajes y estructuras que hoy dice combatir, una contradicción que ni él ni su campaña han logrado resolver del todo más allá del argumento del derecho a la defensa. Si su giro político es una conversión genuina o una reinvención estratégica es, en última instancia, algo que solo el tiempo —y, eventualmente, su propio ejercicio del poder si llega a la Presidencia— podrá responder con certeza. Lo que sí deja claro su trayectoria es que la coherencia no se mide solo por lo que un candidato dice hoy, sino por la distancia entre ese discurso y las decisiones que tomó cuando nadie le exigía cuentas por ellas.

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Laura Méndez
Laura Méndez
Laura escribe desde la empatía y el conocimiento. Psicóloga y narradora natural, sus textos sobre salud mental se sienten como un respiro. Con lenguaje sencillo y una calidez única, combina datos científicos con historias humanas. Ideal para lectores que buscan entenderse, sanar y sentirse acompañados.
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